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miércoles, 20 de marzo de 2013

¡QUÉ MIEDO LA EME!



Con especial cariño recuerdo los días en que tratábamos de entablar conocimiento y amistad con la “eme”; todas las mañanas a vueltas con la eme; la eme, presumida y vanidosa, tratando de enseñar a bailar a las vocales, con cada una de ellas se disfraza de manera diferente: con la “a” se viste de mamá, con la “u” de vaca y dice “mu”, con la “e” se envalentona y llama “mema” a su vecina “n”, pobre “n” siempre a rastras de la “m”, y qué ingrata ésta haciéndole ver que sólo tiene dos patitas mientras que ella tres; con la “i” se pone tierna y hace mimos a su primo, con la “o” la muy tunanta asusta a los pequeños que no duermen con su horripilante traje de “Momo”, ese espantoso monstruo al que los niños que hoy somos adultos conocimos como “El Hombre del Saco”.
Pero el asombro general llegaba cuando yo les decía la película que iban a poner aquella misma noche por televisión: “Agarraos fuerte que lo escribo en la pizarra con espléndidas letras mayúsculas para que todo el mundo lo entienda: MOMO Y LA MOMIA.”
¡Uhhh, qué miedo la eme maestro!

jueves, 7 de marzo de 2013

COLORES COMPLEMENTARIOS



Se puede decir sin faltar a la verdad, que Pablo y Gala se conocen desde que nacieron; cuando él nació ella contaba siete meses, y a partir de ahí comenzaron a forjar una relación construida sobre la complicidad, la compenetración, la complementariedad y las innumerables experiencias y momentos compartidos. Los dos nos han dado numerosas pruebas de esta mágica complicidad que les une y entrelaza sus almas de una forma que a sus mayores nos sorprende y fascina. La última la tuve esta tarde, cuando la madre de Gala, mi compañera y amiga Noelia, me contó que mientras su hija daba curso a sus impulsos artísticos mediante pinturas, ceras, rotulas y otros materiales (es muy creativa y artista, lo sé muy bien porque he sido su maestro por dos años), le comentó que estaba mezclando los colores tal como lo hacía el padre de su maestro Máximo; debo explicar que hace unos días ella fue testigo de una conversación en la que yo le relataba a mi compañera la fascinación que me causaba ver a mi padre mezclar los colores sobre la paleta antes de llevarlos al lienzo. Se ve que a ella también le fascinó esta escena que yo contaba y esta tarde ha puesto en práctica ese antiguo placer que se obtiene al mezclar colores y plasmar formas con absoluta libertad, un placer del que ya disfrutaron los hombres primitivos, cuyos impulsos espontáneos y sus explicaciones mágicas de los fenómenos naturales tienen relación con la forma en que los niños entienden el mundo.
Gala al mezclar colores apoyándose en el recuerdo de algo que escuchó y la intrigó pone en funcionamiento mecanismos que empezaron a forjarse en el alma de los hombres en el comienzo de los tiempos.
Pero esta tarde no paró ahí la cosa, también dijo a Noelia que si la madre de Pablo y yo no nos hubiéramos casado, de todas formas Pablo y ella se hubieran conocido un verano en la playa de Conil, porque habrían soñado el uno con el otro. Primero me tuve que reír con la ocurrencia, pero luego reflexioné que lo que decía mi pequeña Galiti, como la llamamos, era algo tan bello y puro que habría dejado sin palabras a cualquiera de los ilustres e inmortales autores del Romanticismo.
Se lo dije a Pablo y él me dijo que Gala tenía unos sueños “medio locos”. Así son ellos, cómplices y complementarios, ella tan receptiva y activa, él tan fantasioso y soñador.